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lunes, 16 de abril de 2007

"Los suburbios de las ciudades del tercer mundo son el nuevo escenario geopolítico decisivo"

Entrevista a Mike Davis, experto en ecología urbana y miembro de New Left Review


En pocos años, por primera vez en la historia de la humanidad, la población urbana superará en número a la rural. Ahora bien, la mayor parte de estos urbanitas no vive en lo que normalmente entendemos por ciudad, sino en inmensos suburbios sin apenas infraestructuras ni servicios que escapan a cualquier conceptualización tradicional. Mike Davis, uno de los pensadores más recomendables de los últimos años y una fuente inagotable de nuevas perspectivas y temas de estudio -próximamente publicará una breve historia del coche bomba-, aborda esta nueva realidad en Planet of Slums (Planeta de Suburbios), uno de esos libros imprescindibles que te hacen preguntarte cómo es posible que no lo haya escrito nadie antes. Entre tanto, Traficantes de Sueños publica en español Ciudades muertas.

En tu descripción de la nueva "geografía posturbana" utilizas un vocabulario novedoso: corredores regionales, conurbaciones difusas, redes policéntricas, periurbanización...

Se trata de un lenguaje en pleno proceso de desarrollo y en el que apenas reina el consenso. Los debates más interesantes han surgido a partir del estudio de la urbanización en el sur de China, Indonesia y el sudeste de Asia y giran principalmente en torno a la naturaleza de la periurbanización en la periferia de las grandes ciudades del tercer mundo. Con este término me refiero al lugar en el que se encuentran el campo y la ciudad y la pregunta que se plantea es: ¿estamos ante una fase temporal de un proceso complejo y dinámico o esta naturaleza híbrida se mantendrá a lo largo del tiempo?

La nueva realidad periurbana presenta una mezcla muy compleja de suburbios pobres, desplazados del centro de las ciudades y, entre medias, pequeños enclaves de clase media, frecuentemente de nueva construcción y vallados. En esta periurbanización encontramos también trabajadores rurales atrapados por la manufactura de baja remuneración y residentes urbanos que se desplazan diariamente para trabajar en la industria agrícola. Curiosamente, este fenómeno ha despertado también el interés de los analistas militares del Pentágono, que consideran estas periferias laberínticas uno de los grandes retos que deparará el futuro a las tecnologías bélicas y a los proyectos imperiales. Tras una época en la que se centraron en el estudio de los métodos de gestión empresarial de moda -el just-in-time y el modelo Wal Mart-, en el Pentágono parecen ahora obsesionados con la arquitectura y el planeamiento urbano. EE UU ha desarrollado una gran capacidad para destruir los sistemas urbanos clásicos, pero no tiene ningún éxito en las "Sader Cities" del mundo. El caso de Faluya es sintomático: después de que la destrozaran con bulldozers y bombas de racimo, los mismos insurgentes con los que se quiso acabar la reocuparon cuando acabó la ofensiva. Creo que la izquierda y la derecha coinciden en que los suburbios de las ciudades del tercer mundo son el nuevo escenario geopolítico decisivo.

¿Cuál es la representación cultural más adecuada de los suburbios del tercer mundo que describes en Planet of Slums?

Si Blade Runner fue un día el icono del futuro urbano, el Blade Runner de los suburbios es Black Hawk derribado. Reconozco que no puedo dejar de verla: su puesta en escena y su coreografía son increíbles. La película representa a la perfección esta nueva frontera de la civilización: la "misión del hombre blanco" en los suburbios del tercer mundo y sus amenazantes ejércitos con aspecto de videojuego enfrentándose a heroicos tecnoguerreros y a los rangers de la Delta Force. Por supuesto, desde el punto de vista moral es una película aterradora: es como un videojuego, en el que es imposible contar a todos los somalíes que mueren.

Por lo demás, la realidad es que los blancos no son mayoría entre los Rangers desplazados al extranjero: son americanos, sí, pero casi todos ellos proceden también de los suburbios. El nuevo imperialismo, como el viejo, tiene esta ventaja: la metrópoli es tan violenta y alberga tanta pobreza concentrada que produce excelentes guerreros para este tipo de campañas militares. Un antiguo profesor mío escribió un libro magnífico que mostraba, contra todo pronóstico, que en las victorias en las campañas militares del Imperio Británico el factor decisivo no era la tecnología armamentística sino la habilidad de los soldados británicos en el cuerpo a cuerpo con bayoneta, una habilidad que era consecuencia directa de la brutalidad de la vida cotidiana en los barrios bajos ingleses.

Más allá del giro hacia la violencia y la insurgencia, ¿está surgiendo algún sistema de autogobierno en los suburbios?

La organización en los suburbios es extraordinariamente diversa. En una misma ciudad latinoamericana, por ejemplo, hay desde iglesias pentecostales hasta Sendero Luminoso, pasando por organizaciones reformistas y ONG neoliberales. La popularidad de unos y otros colectivos varía muy rápidamente y es muy difícil hallar una tendencia general. Lo que está claro es que en la última década los pobres -y me refiero no sólo a los de los barrios urbanos clásicos que mostraban ya niveles altos de organización, sino también a los nuevos pobres de las periferias- se han estado organizando a gran escala, ya sea en una ciudad iraquí como Sader City o en Buenos Aires. Los movimientos sociales organizados han puesto sobre la mesa reivindicaciones de participación política y económica sin precedentes, que han impulsado un avance en la democracia formal. Sin embargo, generalmente los votos tienen poca relevancia: los sistemas fiscales del tercer mundo son, con escasas excepciones, tan regresivos y corruptos y disponen de tan pocos recursos que es casi imposible poner en marcha una redistribución real. Además, incluso en aquellas ciudades en las que hay un mayor grado de participación en las elecciones, el poder real se transfiere a agencias ejecutivas, autoridades industriales y entidades de desarrollo de todo tipo sobre las que los ciudadanos no tienen ningún control y que tienden a ser meros vehículos locales de las inversiones del Banco Mundial. La vía democrática hacia el control de las ciudades -y, sobre todo, de los recursos necesarios para acometer las reformas urbanas- sigue siendo increíblemente difícil.

En casi todos los programas gubernamentales o estatales que intentan abordar la pobreza urbana, el suburbio pobre se entiende como un mero subproducto de la superpoblación.

No tengo ninguna confianza en el concepto de superpoblación. La cuestión fundamental no es si la población ha aumentado demasiado, sino cómo cuadrar el círculo entre, por un lado, la justicia social y el derecho a un nivel de vida decente y, por otro lado, la sostenibilidad ambiental. No hay demasiada gente en el mundo; lo que sí hay, obviamente, es un sobreconsumo de recursos no renovables. Por supuesto, la solución ha de pasar por la propia ciudad: las ciudades verdaderamente urbanas son los sistemas más eficientes ambientalmente hablando que hemos creado para la vida en común. Ofrecen altos niveles de vida a través del espacio y el lujo públicos, lo que permite satisfacer necesidades que el modelo de consumo privado suburbano no puede permitirse. Dicho esto, el problema básico de la urbanización mundial actual es que no tiene nada que ver con el urbanismo clásico. El auténtico desafío es conseguir que la ciudad sea mejor como ciudad. Planet of Slums da la razón a los sociólogos que señalaron en los años cincuenta y sesenta los problemas de la suburbanización norteamericana: ocupación caótica del territorio, incremento de los tiempos de traslado del domicilio al trabajo y de los recursos asociados a este traslado, deterioro de la calidad del aire y falta de equipamientos urbanos clásicos.

Pero, ¿acaso no hay ciudades demasiado pobladas para el entorno tan escaso en recursos en el que están implantadas?

La inviabilidad de una megaciudad tiene menos que ver con el número de personas que viven en ella que con su modo de consumir: si se reutilizan y reciclan recursos y si se comparte el espacio público, entonces es viable. Hay que tener en cuenta que la huella ecológica varía muchísimo según los grupos sociales. En California, por ejemplo, el ala derecha de los movimientos conservacionistas sostiene que hay una enorme marea de inmigrantes mexicanos que es la responsable de la congestión y la polución, lo cual es completamente absurdo: no hay población con menor huella ecológica o que tienda a utilizar el espacio público de forma más intensa que los inmigrantes de Latinoamérica. El auténtico problema son los blancos que se pasean en sus cochecitos de golf por los ciento diez campos que hay en Coachella Valley. En otras palabras, un hombre de mi edad ocioso puede estar usando diez, veinte o treinta veces más recursos que una chicana que intenta salir adelante con su familia en un apartamento del centro de la ciudad.

No hay que dejarse llevar por el pánico al crecimiento de la población o a la llegada de inmigrantes; lo que hay que hacer es pensar cómo se pueden fomentar las aptitudes del urbanismo para lograr, por ejemplo, que suburbios como los de Los Ángeles funcionen como una ciudad en el sentido clásico. También hay que respetar la necesidad absoluta de conservar las zonas verdes y las reservas ambientales sin las cuales las ciudades no pueden funcionar. La tendencia actual en todo el mundo es que los pobres busquen acomodo en zonas húmedas de importancia vital, que se instalen en espacios abiertos cruciales para el metabolismo de la ciudad. Ahí está el ejemplo de Bombay, donde los más pobres se han asentado en un Parque Nacional adyacente donde, de cuando en cuando, se los comen los leopardos, o de São Paulo, donde se emplean enormes cantidades de sustancias químicas para purificar el agua porque se está librando una batalla perdida contra la polución en la cabecera de sus fuentes de abastecimiento. Si se permite este tipo de crecimiento, si se pierden las zonas verdes y los espacios abiertos, si los acuíferos se bombean hasta agotarlos y se contaminan los ríos, se daña fatalmente la ecología de la ciudad.

Para saber más:

Ciudades muertas. Ecología, catástrofe y revuelta, Mike Davis, Ed. Traficantes de sueños

"Sólo una fina y transparente hoja de frágil cristal separa la civilización de su recaída catastrófica en el abismo de la historia". Ésta parece ser la afirmación central de la colección de historias que salpican la obra de Mike Davis. Apostada entre los grandes incendios de las últimas décadas (las llamas de las ciudades alemanas y japonesas en la II Guerra Mundial, las pruebas nucleares de las décadas de 1950 y 1960, Los Ángeles 1992 y Nueva York en 2001), su mirada se aproxima a la de un forense criminal ante su próxima autopsia: ¿cuál ha sido la suerte de los grandes centros urbanos de Occidente?"

Podéis encontrar este libro en la Librería Asociativa Traficantes de Sueños, solicitarlo a través de su página web o descargaros allí mismo el pdf completo.

Televisión: una máquina de hacer estúpidos

¿Se puede inventar algo nuevo al respecto?

Marcelo Colussi

Rebelión

"Cuando se escribe un guión televisivo hay que pensar que el potencial consumidor es un niño de seis años de edad". Así presentaba las cosas un prestigioso profesor de semiología para demostrar cómo se hace televisión. Quizá era un poco crudo, pero no estaba exagerando. "En la sociedad tecnotrónica el rumbo, al parecer, lo marcará la suma de apoyo individual de millones de ciudadanos incoordinados que caerán fácilmente en el radio de acción de personalidades magnéticas y atractivas, quienes explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón", se expresaba sin mayores tapujos Zbigniew Brzezinsky, asesor del ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter e ideólogo de los reaccionarios documentos de Santa Fe. En otros términos, el funcionario de Estado no decía nada muy distinto a lo que nos enseñaba este docente de comunicación social: "manipular a la gente tratándola de niñitos tontos", así de simple (o de monstruoso).

La televisión es parte fundamental de lo que los estrategas de la gran potencia imperialista -principal productora mundial de mensajes televisivos por cierto- llaman "guerra de cuarta generación". Dicho de otra forma: guerra psicológico-mediática, guerra a muerte para controlar poblaciones enteras, la población planetaria, no con armas de destrucción masiva sino con medios más sutiles, no sanguinarios, pero de más impacto final.

La humanidad no es más tonta desde que ve televisión, sin dudas; pero es más manejable, tremendamente más manejable, más manipulable. Y lo peor de todo, sin que se dé cuenta de ello. No es infrecuente escuchar decir por parte de algún productor audiovisual que "la población quiere basura, por eso le damos basura". Verdad a medias, presentada tendenciosamente. No hay dudas que en términos mayoritarios, la amplia población mundial consume mensajes audiovisuales de bajísimo contenido, "basura" sin lugar a dudas. Pero sería demasiado simplista -o demasiado injusto- quedarse con la idea que el público es tonto por naturaleza, que busca la basura por placer. En todo caso, la gente es obligada a consumir basura, y no teniendo otra oferta que esa, termina por generarse una cultura del consumo de porquería mediática que se cierra en sí mismo. Consumimos lo que nos dan. El núcleo del problema no está en el consumidor sino el productor.

De todos modos, si vemos los gustos generales de las poblaciones, podría sacarse una primera conclusión -por cierto equivocada si se la analiza en detalle- que nos presenta a la gran masa consumidora como "tonta", "frívola", prefiriendo la estupidez simplista a la profundidad conceptual y estética. Pero si "el mal gusto está de moda", como dijo agudamente Pablo Milanés, hay que ver el problema en su conjunto: la televisión, quizá como el símbolo por excelencia de las sociedades masificadas y consumistas a las que dio lugar el capitalismo industrial, expresa de manera descarnada la lógica que domina el mundo de la empresa privada. Las poblaciones planetarias son manipuladas eficientemente según sofisticadas técnicas, como lo decía la brutal declaración de Brzezinsky, consiguiendo así los factores de poder lo que se trazan como proyecto. Y está claro que el proyecto en juego es mantener a la gran masa como pasiva y tonta consumidora. Los mensajes para niños de seis años, efectistas y sensibleros, son el instrumento que se inventó al respecto. Ningún medio se mostró más idóneo para difundirlo que la televisión.

Recordemos lo dicho por el nazi Joseph Goebbels, padre de la manipulación mediática moderna: "¿A quién debe dirigirse la propaganda: a los intelectuales o a la masa menos instruida? ¡Debe dirigirse siempre y únicamente a la masa! (...) Toda propaganda debe ser popular y situar su nivel en el límite de las facultades de asimilación del más corto de alcances de entre aquellos a quienes se dirige. [¿niño de seis años?] (…) La facultad de asimilación de la masa es muy restringida, su entendimiento limitado; por el contrario, su falta de memoria es muy grande. Por lo tanto, toda propaganda eficaz debe limitarse a algunos puntos fuertes poco numerosos, e imponerlos a fuerza de fórmulas repetidas por tanto tiempo como sea necesario, para que el último de los oyentes sea también capaz de captar la idea".

No hay ninguna duda que la inmediatez y unidireccionalidad de los mensajes audiovisuales, de los que la televisión es el principal exponente, más que el cine, la foto, el internet o los videojuegos, generó una cultura de la imagen que hoy pareciera muy difícil, si no imposible, de revertir. Lo cual nos abre el interrogante: ¿la televisión sólo es una máquina de fabricar estupidez (y por tanto un público estúpido que la consume) o puede servir para otra cosa? ¿Podrá superarse esa cultura superficial, ese "mal gusto" que está tan de moda en todas partes del mundo? Y más aún: una cultura de la imagen, de la pasividad ante la invasión de ese tipo de mensajes que nos condena a "mirar y no pensar", ¿podrá servir a una propuesta alternativa?

No es ninguna novedad que en estas pocas décadas en que se viene desarrollando, la televisión ya tomó una forma que pareciera bastante definitiva. Y es la forma de la estupidez más ramplona, más superficial. Si bien es cierto que en el momento de su aparición generó grandes expectativas por las posibilidades que parecía abrir como medio de información y educación universal, las mismas se vieron rápidamente frustradas, volcándose la casi totalidad del esfuerzo que la impulsó al entretenimiento pasajero.

El esparcimiento es algo necesario, imperiosamente necesario en la dinámica humana. No hay civilización humana que no lo tenga. Espectáculos de circo, deportes, actividades recreativas -por mencionar algunas formas- no faltan en ninguna cultura. Pero la cultura de la imagen a que dio lugar el surgimiento de la televisión trajo con sí una entronización de la superficialidad ramplona y terminó convirtiéndose rápidamente en una verdadera máquina de hacer estúpidos. Estúpidos a la medida que los factores de poder desean, claro está. Las posibilidades de generar un ámbito educativo e informativo de nivel quedaron muy rezagadas en relación al pasatiempo barato. Hoy, con varias décadas de historia acumuladas, la televisión está inclinada básicamente a seguir siendo ese distractor simplista, habiendo desechado casi por completo sus otras posibilidades.

Si informa, lo hace de manera tendenciosa, parcial -como, en general, lo es buena parte del periodismo-, pero con el agregado que su misma esencia de audiovisual le confiere una autoridad y preeminencia que no alcanzan a tener otros medios. La realidad virtual de la televisión es, sin más, la realidad misma. Las noticias de la televisión pasaron a ser "la" realidad misma.

Y los programas educativos-culturales, infinitamente más escasos que la estupidez banal del entretenimiento vacío, en términos generales no terminan de tomar distancia de una visión elitesca y acartonada que equipara cultura con museo, saco y corbata y voz melosa y monocorde, tornándose muchas veces bellos productos…soporíferos.

En la dinámica humana la conducta reiteradamente repetida termina creando hábito ("algunos puntos fuertes poco numerosos se imponen a fuerza de fórmulas repetidas" enseñaba el ministro de Propaganda del Tercer Reich. Y no se equivocaba). La cultura de la imagen que hace años viene repitiéndose con fuerza creciente ya creó un hábito en todas las capas sociales en estas últimas generaciones, y hoy por hoy pareciera imposible desarmarla. Pero en esa cultura anida un límite intrínseco, quizá imposible de ser franqueado: no importa el tipo de programa televisivo que se presente, siempre el mirar la pantalla no permite una actitud crítica como sí posibilita, por ejemplo, la lectura. De todos modos, esa cultura de la imagen no parece que vaya a desaparecer con facilidad; y ello, por varios motivos.

En el marco del capitalismo, porque es un fácil expediente para generar enormes ganancias y herramienta idónea para seguir incentivando el hiper consumo que el sistema necesita. El negocio de la televisión mueve fortunas, y ninguna de las corporaciones que lo manejan está dispuesta a perderlo. Por otro lado, la televisión se ha revelado como un arma de dominación terriblemente eficaz (guerra de cuarta generación, más "letal" que las peores armas de fuego), y los factores de poder no dejarán de usarla sino que, por el contrario, apelan cada vez más a ella. Es un instrumento de sujeción mucho más efectivo que la espada de la antigüedad o las bombas inteligentes actuales. Por ambos motivos entonces: fabuloso negocio y mecanismo de control social, la televisión es parte medular del capitalismo desarrollado.

Pero además se suma otro factor: la cultura de la imagen fascina, atrapa, seduce. Y más allá de las mejores intenciones por generar una televisión de gran calidad estética, educativa, superadora de la feria de vanidades con que en general se identifica la versión comercial que ha inundado el mundo, es muy difícil producir propuestas alternativas con real impacto. O dicho de otro modo: vemos que el "rating" sigue inclinándose por el lado de la estupidez. ¿Será entonces que es cierto aquello de que el público quiere basura? ¿Podríamos quedarnos con la respuesta sencilla que señala al público consumidor como tonto, con mal gusto, banal? ¿O es más compleja la situación?

Sin dudas, es mucho más compleja. En todo caso el público no es tonto sino que lo han vuelto tonto. Pero (y esto es importante no olvidarlo) la cultura de la imagen repetida hasta el hartazgo tal como sucede con la actual oferta televisiva, la civilización montada sobre esta realidad virtual que ofrecen las cajas de sueños que son estos aparatos hipnotizadores llamadores televisores, tiene muchos límites; concretamente dicho: el mismo medio torna muy difícil generar 24 horas diarias durante 365 días al año de programación excelente. Es mucho más fácil apelar al entretenimiento barato que a la reflexión para llenar la programación. Y cuando se quiere generar una alternativa encontramos que es más fácil caer en el panfleto, en la consigna, en el mensaje ideologizado que en una nueva televisión de alto valor estético y conceptual.

Es decir -esto es una hipótesis a discutir- que la misma naturaleza del mensaje audiovisual (¡que es muy distinto a, por ejemplo, la lectura!) tiene límites muy cercanos. ¿Es posible construir una nueva cultura, un "hombre nuevo", una nueva ética, una nueva forma de ver el mundo, apelando sólo a la imagen virtual? ¿No libera ello del pensamiento crítico? ¿No impide la imagen, aunque no lo quiera explícitamente, la posibilidad de la reflexión profunda?

Por supuesto que necesitamos divertirnos; un tercio de la vida disponemos para ello, según alguna división del sanitarismo (otro tercio para dormir y otro tercio para producir). Pero la cultura televisiva que se ha generado hasta ahora sólo ha servido para llevar el campo del entretenimiento a la peor creación conocida. Los graffiti de los baños públicos son mucho más ingeniosos y agudos que muchos (¿casi todos?) los programas que nos inundan por televisión. ¿Será que diversión es sinónimo de mal gusto, de chabacanería, de burla barata? Si nos quedamos con eso, por supuesto que podemos sacar la rápida conclusión que el público televidente es tonto. Pero no es el público el que produce esos programas, no olvidarlo. Los graffiti populares son una clara expresión de cultura popular, y definitivamente no son tontos. Son mucho más agudos que tantos programas, sin dudas. La gente no es tonta per se. Afirmar eso no es sino despreciativo de la especie.

¿Cómo hacer una televisión distinta entonces? ¿Es posible?

Sí, pero sólo bajo ciertas circunstancias. Por supuesto que hoy también existen programas de gran nivel, verdaderamente educativos, que fomentan el pensamiento crítico y el buen gusto. Son islas, claro está, pero existen. Y ello evidencia algo: una programación masiva durante todo el día todos los días del año hace muy difícil contar con programas de calidad en su totalidad. Ello es así no porque el público sea tonto, sino porque es técnicamente difícil disponer de 24 horas diarias para dedicarse a la reflexión, al goce estético. El pasatiempo también es necesario. La cuestión es buscar un equilibrio entre ambas cosas, entre reflexión y diversión. Y la televisión, dado que es comercio y arma de dominación ideológica, por tanto siempre en manos de las fuerzas conservadoras, es mucho más probable que ofrezca banalidades a que sea autocrítica. Como nos han tornado muy estúpidos, es más fácil "vender estupideces", incitarnos al consumo, habituarnos a no pensar que fomentar ese nuevo espíritu incisivo.

Las propuestas alternativas para una nueva televisión, los proyectos que han surgido en el campo de la izquierda, del progresismo, las iniciativas que tratan de no ser sólo un medio comercial, en muy buena medida han pecado de otro defecto: panfletarismo, adoctrinamiento ideológico. Eso es la contracara de la estulticia superficial de la televisión comercial. ¿No es también un ejemplo de la fascinante e hipnótica cultura de la imagen una cámara fija que muestra un discurso político sin ningún corte durante media hora? ¿Es eso bello en términos estéticos? ¿Sirve eso para fomentar el pensamiento crítico? ¿Entretiene? ¿No logra eso, muchas veces, que la gente, ya acostumbrada a la a "basura mediática", busque la telenovela o el reality show?

Todo esto abre la pregunta en torno a para dónde ir con la televisión en una nueva sociedad, tal como está pasando en estos momentos en el laboratorio social que es la Venezuela bolivariana. ¿Se puede hacer una nueva y mejor televisión con más televisión? Quizá -también esto es una tímida hipótesis- la mejor manera, o al menos una manera, de fomentar una nueva cultura es no apostar por más televisión. ¿No nos estamos condenando a una civilización de la imagen, del inmediatismo, del "mirar embobados la pantalla y no pensar"? La cultura de la imagen, ¿no nos lleva inexorablemente a ídolos con pies de barro?

Insisto: estas reflexiones son hipótesis. Ahora, justamente, en Venezuela se termina la concesión al canal televisivo de ultra derecha y alineado con el golpe contrarrevolucionario de 1992 Radio Caracas Televisión -RCTV-. ¿Qué hacer al respecto con ese espacio radioeléctrico que quedará libre? La discusión puesta en la agenda nacional es cómo recuperar ese medio para el campo popular, para el proyecto revolucionario. ¿Cómo transformar una señal especializada en la mentira informativa y en la telenovela-basura en algo de más provecho para la población? El debate está instalado. Pero cabe ahí abrir la reflexión -válida para el caso puntual de Venezuela, y extensible a todo el mundo por cierto- respecto a: ¿una nueva cultura socialista necesita más televisión? ¿No sería un paso superador pensar en reducir las horas de emisión? Sabiendo de los límites de la cultura de la imagen, ¿no sería transformador el buscar menos imagen y más pensamiento crítico?